¿Tenemos más de lo que necesitamos?

¿Nuestro sótano o sala de invitados está repleta de artículos que nunca usamos? ¿Tenemos cajones que ni siquiera podemos abrir de lo llenos que están? Si ese es el caso, lo más probable es que tener más posesiones ya no nos hagan felices. 

Durante mucho tiempo, se pensó que la satisfacción estaba determinada por las posesiones y la cantidad que poseían. En 1979, cuatro de cada cinco personas en el Reino Unido, Francia y Alemania estaban de acuerdo en que las posesiones materiales nos hacen felices. Esa misma estadística se ha reducido a tan solo uno de cada dos, lo que implica que aproximadamente la mitad de la población siente que sus problemas no son materiales. 

Debido a que nuestras mentes evolucionaron para ser conscientes de la amenaza de la falta de recursos, obtener más siempre estuvo asociado al instinto de supervivencia. Sin embargo, hoy en día tener poco ya no significa pasar hambre. 

Ahora debemos cambiar nuestra forma de pensar, y hay varias razones para ello. Los ecologistas se oponen a los valores materialistas a favor del medio ambiente. Los politólogos argumentan que la mayoría de las personas se preocupan más por las necesidades posmaterialistas, como la libertad de expresión, que por las necesidades básicas, como la comida y la vivienda. y los economistas argumentan que los costes crecientes y los ingresos estancados nos hacen menos materialistas porque tenemos menos dinero para comprar. Pero, independientemente de con quién hablemos, existe una tendencia creciente hacia una nueva definición de satisfacción que prioriza el disfrute de las experiencias sobre las posesiones.

Los problemas del materialismo

Seguramente la idea de organizar todas nuestras pertenencias probablemente nos haga querer tirarnos de los pelos de vez en cuando, y no estamos solos. Mientras bebía su café de la mañana, el filósofo británico Jeremy Bentham notó algo: la primera taza estaba deliciosa, pero la segunda no le consiguió satisfacer . 

Probablemente podamos sentirnos identificados con esta sensación: una pequeña cantidad de algo es bueno, pero demasiado de algo bueno puede ser malo. Nuestro deseo de significado y estatus ha sido reemplazado por bienes materiales, y nuestra cultura de consumo se ha convertido en una forma de pseudo-religión. Sin embargo, debido a que muchos productos ahora se producen en masa, se ha perdido su significado y ya no nos emocionan ni nos inspiran. 

Aún más preocupante es el vínculo directo de los productos con la ansiedad social. Las tasas de enfermedades mentales en los países desarrollados se han más que duplicado desde 1979. Nuestro consumismo masivo contribuye a la depresión masiva, y nuestras crecientes pilas de cosas proporcionan un camino directo a la falta de satisfacción. 

Todos hemos conocido a alguien que nunca tira nada y guarda cosas que nunca usa en sótanos, áticos y contenedores. El acaparamiento es un problema  común. Nuevos estudios muestran que entre el dos y el seis por ciento de las personas en los países desarrollados caen en esta categoría y sus consecuencias pueden ser fatales. 

Los flashovers, por ejemplo, son la amenaza más peligrosa durante un incendio. Los flashovers ocurren cuando se acumula tanto calor en un espacio confinado que todo lo que hay dentro entra en combustión. Cuanto más tengamos, mayor será el riesgo de que esto suceda y más rápido puede ocurrir. Hace años, varios estudios en Melbourne descubrieron que los flashovers ocurrían entre 28 y 29 minutos después de que se iniciara un incendio. Debido a todas las cosas que guardamos en nuestros hogares, este número ahora está más cerca de los tres o cuatro minutos.

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